Benzema enfriando San Mamés

Sumido en esa ruleta que le hace alternar noches de relumbrón con partidos mediocres que terminan siendo solucionados sobre la bocina, al Real Madrid le salió cara en San Mamés. Ante un Athletic Club que planteó un partido durísimo, erigido en hueso a partir de un juego directo que resaltaba sus virtudes y cosquilleaba las carencias rivales, los de Zinedine Zidane resolvieron el duelo con un poso y, sobre todo, una mentalidad competitiva magistrales. Todo ello sin olvidar al hombre más destacado de la tarde, Karim Benzema, que volteó el devenir del encuentro tras un arranque fulgurante del conjunto de Ernesto Valverde y que solo encontró réplica individual en el segundo tiempo, con un Iñaki Williams cuya trascendencia no quedó reflejada en el marcador final.

Lo fulgurante del inicio bilbaíno tuvo su razón de ser en un mecanismo que no por obvio careció de utilidad. Con los interiores visitantes trabajando sobre Beñat e Iturraspe, Raúl García, mediapunta rojiblanco, caía sobre la zona de Carvajal para librar la disputa con el de Leganés. Casemiro, quien debiera ser su par, no lo seguía para no desguarnecer la frontal y abrir espacio a Aduriz o a la diagonal de Williams, lo que permitió al que fuera pupilo de Simeone ganar una y otra vez los balones que volaban sobre su cabeza para después validar la superioridad en banda con Lekue. Cuando se veía con la pelota en los pies el Madrid no encontraba piernas libres porque el Athletic estaba volcado, y la salida en largo no terminaba de inquietar a Laporte y Yeray. Hasta que apareció Benzema.

Lo del francés fue una exhibición de las que sonrojan los debates sobre su aporte medido en cifras. Despegándose de los centrales, sacó al Madrid de su campo y sacudió al Athletic hasta desordenarlo. Verle tocar la pelota a la altura de la divisoria para que un puñado de segundos después estuviese marcando la diferencia en las inmediaciones del área no fue cosa de una jugada aislada: fue la constante que determinó la altura de su partido. A través de su nueve y de precisas asociaciones interiores a pocos toques–excelso Toni Kroos, cuyas pulsaciones permanecen inalterables aunque se enfrente a una manada de leones– el Madrid fue logrando juntarse, lo que le permitió afrontar con mayor seguridad los envíos locales en base a una mejor disposición para recoger balones perdidos.

En esto último adquirió un valor capital Carlos Henrique Casemiro. Ya consagrado como uno de los mediocentros más destacados de la actualidad, y con el papel protagonista que adquiere en contextos como el del segundo tiempo en San Mamés, el de Sao Paulo se hartó de recuperar balones –sumó 24 robos– y de auxiliar a Sergio Ramos en la ardua batalla aérea que planteaban los atacantes rojiblancos. Pero hubo un foco que no pudo socorrer: el que encendió Iñaki Williams en la banda derecha del ataque local. El espigado atacante del Athletic superó a Marcelo en absolutamente todas las ocasiones en las que lo intentó, hasta el punto de exigir a Zidane el sacrificio de Gareth Bale para dotar a su lateral de una ayuda con la que evitar el desastre. Sufrió el Madrid ante el cachorro de Lezama pero pudo cerrar el partido con un repliegue intensivo que germinó en una nueva victoria blanca.

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