Cuando huele a Copa de Europa

En el transcurrir del actual Real Madrid cohabitan dos equipos. Dos formas de ver el fútbol, de afrontar los partidos, de sentir el juego como una urgencia inmediata más allá de soluciones puntuales que la mera calidad acerca. Así, cuando suenan las trompetas que anuncian la llegada de uno de los días marcados en rojo en el calendario del vestuario blanco, la versión de gala del equipo de Zinedine Zidane sale inherentemente a flote, de la mano de una mentalidad victoriosa que solo fabrica quien logra levantar a pares el torneo más exigente del planeta. Queda a un lado la cara laxa, esperando la oportunidad de verter sombras sobre este Madrid bipolar en una de las tardes en las que sabe que la victoria terminará cayendo como lo hace una gota que resbala por la ventana, para dejar paso a este ogro competitivo que la propia Champions League ha engendrado.

Era el Allianz Arena, y aquello no podía ser un paseo. Enfrente estaba el Bayern de Múnich, estandarte de la competición como no se cuentan con los dedos de una mano, y esperaba con el resentimiento propio de quien ha sido ofendido y aún no termina de lamer sus heridas. En su banquillo, Carlo Ancelotti, uno de los responsables de aquel desastre que dejo Baviera en llamas, se sentaba ahora en el lado de los locales. No fue baladí: el preparador italiano preparó el partido comprendiendo el dolor del club que manejaba y con el objetivo prioritario de aliviarlo para que sus pupilos pudieran jugar sin cadenas. Carletto, en un movimiento rupturista con lo edificado por Guardiola, priorizó llevar la pelota por fuera para minimizar el dolor de las pérdidas propias y explotar sus lanzas exteriores –algo que por otra parte venía haciendo durante toda la temporada–, pero, sobre todo, trató de ocupar el centro para forzar al Madrid a atacar siempre por las bandas, de manera que permitía a los madrileños avanzar pegados a la cal pero no filtrar la pelota hacia los hombres interiores.

Fue el escenario por el que discurrieron los primeros minutos del choque, calientes y tensos como lo son aquellos que marcan el inicio de una batalla de ida y vuelta en la que el fallo se penaliza como nunca. El Bayern llegaba con cierta soltura hasta el último tercio del campo, pero los de Zidane defendían con suficiencia, en un panorama que, en lo que concierne a esta fase del juego, recordaba a lo vivido en 2014. Una de las principales vías para avanzar que hallaron los locales fue la que marcaba Thiago Alcántara a la espalda de un Toni Kroos que debía pluriemplearse en pos de atender las tareas que le correspondían y las que le generaba el punzante Arjen Robben en el sector derecho. El ya mediapunta español recibía acostado sobre dicho lado para acometer un giro que le era permitido y situar al equipo arriba.

Carvajal jugó un partido perfecto, tanto en ataque como en defensa

El gol de Arturo Vidal a la salida de un córner tuvo un efecto doble. Por un lado, el inexorable a cualquier tanto sobre el marcador; por otro el de hacer olvidar los miedos que atenazaban al Bayern de Múnich hasta el punto de no permitirle jugar sin aquella nefasta noche del 0-4 en la memoria. Por unos minutos, el cuadro muniqués olvidó que enfrente estaban Bale, Benzema y Ronaldo y mandó sus líneas arriba. Terminaron el primer tiempo con los centrales defendiendo en el círculo central y los laterales frecuentando zonas adelantadas para propiciar superioridades en banda. Si bien no terminó de sufrir en demasía, pues su defensa, con la personalidad de Ramos a la cabeza, atestiguaba una solidez importante –recibió la primera ocasión en juego en el minuto 40–, fueron los peores minutos de los visitantes sobre el césped del Allianz. Pero no se quedó en el cabezazo del gol la influencia del brutal centrocampista chileno: Vidal fue un continuo incordio para un Modric errático y sometido, el encargado de transformar cada recepción del croata en una recuperación imponente que encerraba a los blancos y legitimaba el fútbol que los suyos estaban poniendo en práctica. Más aún cuando el propio Vidal cargaba el área tras llevar el balón a un costado para terminar rematando una jugada a la que él mismo había dado pie. El partido de Vidal fue un monumento a la Champions, una muestra de grandeza inconmensurable que quedará marcada por solo una mácula: haber fallado el penalti que mandaba el partido al descanso con 2-0.

Como si su error hubiese sido el presagio de lo que se venía, el de Chile enfiló el camino a los vestuarios con las manos sobre su rostro, a la manera en que lo haría si no quisiera ver lo que tenía frente a sí. Menos de dos minutos tardó el Real en cobrar la factura de Vidal. Lo hizo Ronaldo en su faceta de rematador, que es maravillosa pero que no debería opacar partidos como el de anoche, un recordatorio candente en forma de fútbol para quien le quiso enterrar antes de tiempo. Con el luso como socio de excepción, fue Benzema, otra vez el más atinado de los atacantes de Zidane, el que certificó lo mostrado en el primer tiempo con una segunda mitad repleta de movimientos certeros y toques aún más que desquiciaron a la defensa muniquesa y abrieron la puerta de la remontada a los suyos. La expulsión de Javi Martínez cuando restaba aún media hora por jugar terminó por detonar la bomba que Arturo Vidal activó tras enviar a las nubes aquel penalti.

El panorama imperaba una reacción de Ancelotti desde el banquillo, y el técnico transalpino vio en retirar a Xabi Alonso para reorganizar la defensa con Bernat y retrasar al mayor de los Alcántara la solución. Se entendía su gestión si se miraba al marcador, pero no tanto si se echa la vista tres primaveras atrás. El Bayern revivió, con un centro del campo despoblado –los extremos no eran activos defensivos y Thiago como pivote no es ningún especialista–, sus peores momentos en la Champions frente a un depredador hambriento que había olido sangre y no iba a negociar la mordida. Kroos y Modric ganaron todo el peso que les fue negado en la primera parte, Casemiro cuajó una exhibición al quite frente a los desesperados intentos de Robben de paliar la ineficacia del paupérrimo Müller en punta y permitió a Marcelo vivir más como mediapunta que como lateral. Cristiano y Karim, elevados por el delicioso Asensio, que dejó media hora para el recuerdo en un contexto que lo confirma como realidad y que dificulta seguir teniendo paciencia con él –está para ya–, destrozaron a un Bayern al que Vidal se empeñaba en sostener. Terminó haciéndolo Neuer, que terminó discutiendo el MVP al bigoleador Ronaldo con una actuación que impidió al conjunto de Concha Espina salir semifinalista de Múnich.

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