De Trigueros para Isco

Como si el resultado del Vicente Calderón hubiese sembrado la duda entre el plantel dirigido por Zinedine Zidane, el Real Madrid se plantó en el Madrigal con la zozobra entre los dientes. Un imponente manotazo del Villareal sobre el partido acrecentó las dudas del líder de la Liga, que volvió a verse dos goles abajo en el marcador y con la obligación de echar mano del banquillo. Esta vez todo fue distinto: en lugar de entregarse al frenesí del intercambio de golpes con vistas a hallar un centro y posterior remate que aliviase todos los males, el técnico francés recurrió a Isco y el malagueño cambió, por sí solo (otra vez más), el devenir del encuentro.

Había salido con voluntad de mandar el cuadro de la capital, pero en lo que el Villareal dio un paso atrás y pegó a Bruno Soriano a los otros cuatro centrocampistas, el mando del encuentro cambió de dueño. Fue el interior diestro de los castellonenses, Manu Trigueros, el hombre que con más virulencia varió el sino del partido: lo hizo a base giros, quiebros y toques que desmontaban las líneas del Madrid al mismo tiempo que hacían creer a los suyos que había vida más allá de erigir una fortaleza en torno al arco defendido por Sergio Asenjo. Todo personalidad. Junto al talaverano, fueron los hombres de banda de Fran Escribá los más dañinos para los intereses del equipo blanco. Aislados para el uno contra uno con sus pares, Adrián y Castillejo encararon y superaron a los laterales madridistas –en especial a Marcelo– para permitir sumar metros y ocasiones a los suyos.

El partido estaba bonito porque ambos contendientes formaban un bloque medio en campo propio para defender las acometidas rivales. El del Villareal, si bien no era tan extremo como el compuesto por el Valencia cuatro días antes, era más completo que el blanco porque implicaba a sus diez hombres de campo. Y cuando recuperaba sumaba al brillo de Trigueros la dirección de un fantástico Bruno Soriano, capitán general del primer tiempo en el Madrigal. En el Madrid destacaban más sus puntas que sus centrocampistas, mal síntoma en un equipo que tiene por joker a su trío de medios. Lo hacían a arañazos, en gran parte influenciados por la tipología del repliegue local –más enfocado a la reacción que a la salvaguarda del espacio–, sin lograr someter en ningún tramo a los de amarillo. Justo lo contrario a lo logrado por los de Escribá.

Del descanso se salió con la aparente sensación de que el campo se hubiese partido a la mitad, dejando habilitada solo la parcela que tocaba defender a los visitantes. Tanto fue así, que el Villareal tuvo que marcar dos goles. Para coser el desaguisado, Zidane retiró a Casemiro y metió a Isco, decisión de tonalidad opuesta a la tomada en la tarde de Mestalla. El malagueño, en cosa de dos intervenciones, dibujó la mitad que al Madrid se le había evaporado y puso a los suyos a bailar sobre la misma. El resultado fue una réplica a lo que había acontecido en el inicio del segundo tiempo, pero con el suplemento que conlleva que el verdugo sea Isco: el Madrid volteó el marcador en veinticinco minutos en los que hizo todo lo que no había sido capaz hasta el concurso del de Arroyo de la Miel.

Deja un comentario