El derbi de los banquillos

No fue un derbi para el recuerdo. Real Madrid y Atlético de Madrid disputaron en el Santiago Bernabéu un partido de ritmo triste, falto de acicates individuales que engrandecieran la escena y donde ni uno ni otro se emplearon en pos de ofrecer la mejor versión de sí mismos. Si acaso el nombre de Jan Oblak resonó con mayor estridencia que el resto, amplificada su aura a partir de paradas de valor gol y otras tantas intervenciones que cortocircuitaron acercamientos que podían tornarse decisivos. Y no porque el Madrid aplastara a su oponente contra el arco del esloveno: más bien porque la cesión de metros por parte de los rojiblancos instaló el choque en su campo y permitió a un Madrid con cortes italianos sumar más chances que su oponente.

Se encontraron los locales con un Atlético que renunciaba al plan habitual de juntar a Koke con Filipe Luis en el sector izquierdo para, apoyados en Griezmann, capitalizar la posesión y disputar el envite a partir de su manejo de la pelota. Simeone recolocó a su habitual volante zurdo en el doble pivote con vistas a optimizar su repliegue defensivo y mandó a Saúl a trabajar en el costado. Alejado la opción de juntar al equipo en campo rival para después acometer el robo alzado, el Cholo buscó dañar al Madrid con Carrasco percutiendo sobre Marcelo y Griezmann y Torres estirando después de defender por detrás de la pelota. El movimiento minimizaba al crack francés, restringido al gesto definitorio, pero al mismo tiempo lo acercaba a donde más devastador es su concurso.

Aliviado de entrada el problema que una posible presión sobre la salida blanca podía suponer, el Real Madrid aprovechó el hecho de que su trío de centrocampistas pudiese tejer con libertad en campo contrario. No brillaron Kroos y Modric, capada su determinación al contar con veintidós piernas rivales por delante, pero sí lo hizo Casemiro, siempre próximo a la disputa surgida tras una acción defensiva de los rojiblancos. La circulación del cuadro de Zidane fue sumamente calmada –el pero lo puso la precipitación de Marcelo–, con la máxima de no asumir riesgos que dieran sentido al plan de Simeone como bandera. Pecó de escasa movilidad interior, en gran parte menoscabada por el transparente partido de Gareth Bale, y tampoco sus laterales dieron la amplitud y la profundidad que habitualmente brindan al colectivo. Una tarde más, la actuación de Ronaldo y Benzema fue la nota de mayor valor para los intereses madridistas.

Sin terminar de ser puntiagudo, el Madrid dejó patente su dominio durante los setenta y cinco minutos que Kroos completó sobre el césped. Su sustitución arrebató a su equipo la capacidad de romper presiones cada vez más recurrentes tras el 1-0, de iluminar vías de pase ensombrecidas y, en definitiva, de esconder la pelota al conjunto de Simeone, que se hizo fuerte a partir de la entrada de un insospechado como Thomas Partey. El centrocampista ghanés pobló de energía el centro del campo atlético, aportó presencia y, lo más determinante, mandó a Correa a ocupar plaza de delantero. El menudo rosarino consiguió rajar una defensa que, hasta el momento, se había mostrado consistente con la salvedad de un par de despistes de Ramos, hasta lograr, esta vez sí, forzar el error de Nacho para dejar a Griezmann en mano a mano contra un Navas que volvió a tornarse debilidad.

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