Dos alas para Cristiano Ronaldo

El color rojo quedará marcado como una de las notas decisivas en la eliminatoria que en 2017 puso frente a frente a dos de los colosos más imponentes de la Copa de Europa, el Real Madrid y el Bayern de Múnich. Concretamente el de la tarjeta que en la ida vio Javi Martínez y en la vuelta Arturo Vidal, y que sirvió, con mayor intensidad aún en el encuentro disputado en el Santiago Bernabéu, para allanar el camino hacia el triunfo del cuadro de Concha Espina. Si en el Allianz Arena el Madrid gozó de media hora para someter a placer a los de Baviera y permitir a Manuel Neuer brillar como el número uno que es, en el partido de vuelta se encontró con un tramo final, prórroga incluida, en el que el gigante alemán vio cómo el armazón con el que estaba conquistando el templo madridista se rompía en mil pedazos, la situación idónea para que la grandeza de tres futbolistas cuyo nombre luce en letras de oro en el libro de visitas de la competición, Carvajal, Marcelo y Cristiano Ronaldo, impusieran su sello en una noche para el recuerdo. La realidad es que el conjunto dirigido por Zinedine Zidane vuelve a pisar unas semifinales de Champions League, y sería tremendamente injusto limitar su mérito a una circunstancia como la anteriormente detallada. Hubo mucho más.

Las urgencias del Bayern afilaron el colmillo de Carlo Ancelotti, que armó un fútbol más agresivo del que habitualmente gusta practicar. El veterano técnico nacido en Reggiolo focalizó su modificación más sensible con respecto a lo visto en el partido de ida en la tendencia de Robben y Ribery, más interiores en la recepción y con conducciones que buscaban siempre el centro de la cancha. Otorgó así el espacio suficiente a sus laterales para incorporarse con comodidad, factor que se vio incrementado por la disposición táctica de los locales. La ausencia de Gareth Bale derivó en que Isco, su sustituto, comenzase el choque como mediapunta en un centro del campo en rombo, el cual supuso un problema para los blancos a la hora de defender con calidad todo el ancho del verde. Kroos y Modric se veían obligados a oficiar una ayuda en banda que desnudaba el centro, y por allí aparecían Thiago y Vidal para gobernar la frontal del área defendida por Keylor Navas, alimentando segundas jugadas y finalizando, en muchos casos, las primeras. Tras unos minutos iniciales de rubor local, Zidane reaccionó colocando a Isco fijo en una banda, y su equipo pasó a defender con cierta comodidad. La labor de Nacho sobre Lewandowski —un clinic de anticipación y coraje al alcance de pocos centrales— y Sergio Ramos, tremendamente sólido en el área, destacaron como valores defensivos.

En la orilla opuesta, los muniqueses cerraban con sus centrales en duelo directo contra Benzema y Ronaldo, poco activos en defensa. Ello permitió al Madrid, junto al tremendo cóctel de calidad y personalidad que eleva a muchos de sus futbolistas, orquestar un goteo de ocasiones que creció en frecuencia y peligro a medida que los minutos avanzaban. Auxiliados por un Isco mágico, los delanteros de Zidane llevaban la pelota al último tercio de campo para esperar la incorporación de Kroos y Modric, quienes llegaban libres de marca gracias a que el Bayern se aplastaba contra su propia área en un reflejo del recuerdo que el doblete de Ronaldo en su feudo les sugestionaba, para producir una ingente cantidad de acercamientos marrados por defectos en el último toque. También las tuvo el Bayern, que mismamente vio como Marcelo rescataba dos balones que ya besaban la línea de gol. En los últimos minutos del primer tiempo, el balón cambiaba de área a área con celeridad. El pundonor de uno y otro contendiente diluía el juego en el centro del campo y lo espoleaba en las proximidades de las zonas de peligro. Sonaban tambores de guerra en Chamartín.

La escuadra muniquesa encontró el valiosísimo 0-1 en un penalti de Casemiro al comienzo del segundo tiempo. La circunstancia afectó sobremanera al Real, conocedor exhaustivo de los caprichos de la competición que más lustre ha dado a su escudo. Los goles perdonados en Alemania y en el primer tiempo podían ser motivo suficiente para que las semifinales se convirtieran en una quimera inabordable. Cada uno de ellos comenzó a emerger como una pesadilla frente a los jugadores blancos, atenazados, incluso desprovistos de esos golpes de calidad en forma de virtuosas asociaciones o quiebros inverosímiles que les ayudan a mantener firme su mentalidad cuando más fuerte sopla el viento. No solo sucumbían repetidamente a la fogosa presión del Bayern, sino que también lo hacían en cada acción de balón dividido. La huida hacia los designios de Neuer era, por supuesto, una utopía más.

Ribery fue uno de los jugadores más destacados de la noche

Si acaso encontraron un respiro en el empate, obra de un nuevo centro sobre Ronaldo, pero que se volvió efímero cuando apenas dos minutos después el Bayern logró su segunda diana de la noche.  La inercia del choque estaba del lado visitante, tanto por el movimiento en el marcador como por lo atestiguado sobre el césped, pero la expulsión de Vidal a escasos minutos para el final de los noventa reglamentarios dio un vuelco al partido. El Madrid, que se había reagrupado con Lucas y Asensio, se agarró entonces a sus alas, Carvajal y Marcelo.

Su actuación, de una calidad suprema que los aúpa como (dos de) los mejores laterales del planeta, fue de una emotividad que no le anduvo a la zaga. Ambos fueron siempre el primer defensor para, segundos después, ofrecerse como el extremo más incisivo. El diestro ha cuajado una eliminatoria que lo consagra, si no lo estaba ya, como el máximo exponente en su demarcación, mientras que el caso del brasileño encuentra en Arjen Robben un acicate para inflar aún más los elogios. El atacante holandés dejó una noche más para la historia —gloria también para Ribery, que jugó un primer tiempo digno de un titán de la Champions—, con constantes conducciones que no por características resultaron menos impactantes y que permitieron a los suyos, incluso en inferioridad numérica, ver siempre el gol como una posibilidad cercana. Ahí estuvo siempre el lateral zurdo, incansable en el trabajo sobre un fenómeno ante el que nunca dobló la rodilla. Y aún le alcanzó la gasolina para servir en bandeja el hat-trick a Cristiano, que minutos antes había logrado su cuarto gol en el cruce, otra vez tras un centro. Los minutos finales sirvieron para que Marco Asensio, el hombre que mayor cuota de futuro acapara en este momento en la casa blanca, rubricara con un impresionante tanto su pleno acople a una plantilla que, por séptimo año consecutivo y tras derrotar a un gigante, aspira a ganar la Champions League.

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