Empacho

No es Champions si no duele. No es Champions si el futuro inmediato importa. No es Champions si no es una cuestión de escudo. No es Champions si no hay éxtasis. Ni lágrimas. Ni goles. Ni Real Madrid-Bayern, la epopeya interminable.

Si existe un club que pueda atreverse a amenazar al Madrid con su propio método, ese es sin duda el Bayern. Bastaron unos minutos para constatar que su osadía no eran palabras vacías. Agarrados a una etiqueta -la Bestia Negra-, los bávaros mezclaron casta con fútbol, fabricando un artefacto final que hizo retroceder al Real. Parecía fantasía. Un equipo de fútbol caracterizado por sus ademanes italianísimos, que sin duda llevan la firma de Zidane, amilanado ante su homónimo alemán.

Como en todo Real Madrid-Bayern, el partido pronto dejó de ser una cuestión de fútbol. A cada minuto que la eliminatoria iba sellándose, el balompié dejaba paso al orgullo. La casus belli es siempre la misma: sus encuentros son un descomunal conflicto de identidad. Igualadísimos en sus cara a cara, el choque fue un homenaje a la historia del duelo europeo más bello del fútbol; Robben desperdició un pase de la muerte primero, y rápidamente el Madrid dispuso todo un arsenal de jugadas ofensivas que entre Neuer -esa suerte de monstruo final que ha parido Kahn en la portería bávara- y Hummels desbarataron. Era un tramo en el que ya nadie recordaba que el ex central del Dortmund y Boateng llegaban tiesos al duelo, horas antes incluso descartados para jugar en lo que restaba de temporada. Tampoco parecía importar que Vidal, Ramos, Kroos y Modric estaban a una amarilla del abismo.

Resulta curioso que el constante bombardeo desde ambas trincheras dejara el marcador a cero al descanso. En realidad, daba igual. El partido rápidamente adquirió una nueva dimensión, tan pronto como Arturo Vidal y Casemiro se desmarcaron de la disciplina y convirtieron el encuentro en un correcalles con duros peajes. Ambos pagaron un precio demasiado elevado por su irresponsabilidad. Uno cometió el penalti del 0-1, el otro acabó expulsado demasiado tarde… y de forma curiosamente injusta, por cierto. El descontrol táctico, psíquico, futbolístico, etc. pronto se trasladó al luminoso. Ocurrió cuando Zidane desempolvó la caja de truenos que solo parece activar la combinación Cristiano-Asensio. Primero golpeó el portugués, que no había acabado de saborear su gloria goleadora cuando se encontró con una desafortunada autolesión del impredecible Ramos. Un frenesí de tal calibre solo podía desembocar en una prórroga en la que se adivinaban más incertidumbres que fútbol.

Con diez y suplicando por ajusticiar en penaltis, el Bayern intentó hacer oídos sordos a su destino. Demasiada bacanal de fútbol y todavía más resaca posterior. En situaciones así, todos conocemos qué va a pasar. El Madrid activa un clima de destrucción irracional sobre el que está acostumbrado a surfear. Y a partir de ahí, ejecuta a ciegas. Esta vez, con un doblete exprés de Ronaldo, otra genialidad de Asensio y el inagotable surtido de trucos de Marcelo. El Bernabéu es el tribunal más impasible que existe en todo el planeta fútbol, donde nace y muere la tormenta. A esta, la más estruendosa del último lustro, el Bayern le vio la cara. Cristiano era el relámpago. Asensio, el trueno.

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