El escuadrón de la Liga en Riazor

Tres factores concurrieron en Riazor para derivar en un partido delicioso para el espectador pero escaso en cuanto a competitividad, principalmente en el bando local. Los dos primeros corresponden al Real Madrid, y son el esplendoroso nivel del total de sus jugadores y ese plus anímico que aporta la segunda unidad y que potencia, precisamente, el lucimiento de la primera de las circunstancias que nos ocupan. La tarcera recayó sobre el Deportivo de La Coruña, y no fue otra que una ínfima prestación competitiva que abrió la puerta al disfrute de los futbolistas visitantes. Será difícil que un equipo vuelva a jugar tan cómodo en un partido de Primera División.

La descoordinación y la separación de las dos líneas con las que el Dépor se armaba atrás era tal que al Madrid le bastaba con darle brío a la circulación de un costado al otro para descoserlas. Los blanquiazules defendían a base de iniciativas individuales, completamente desconectadas de cualquier propuesta colectiva, y desprovistas de una mordiente —¡ni si quiera con faltas!— que pusiera en aprietos al conjunto blanco. Para redondear la sangría, el doble pivote local estaba siempre en inferioridad en el centro, limitada la labor defensiva de los integrantes de la línea de mediapuntas al auxilio de sus laterales. Los de Zidane estaban siempre en posición de romper una línea en conducción, máxime si el poseedor se llamaba Isco, Kovacic, Marcelo o Asensio, que se juntaban por la zona débil del Deportivo y hallaban por delante a un fino Morata. Además, el hecho de que los blancos tendiesen a juntarse en el lado izquierdo favoreció a un Danilo que dejó una de sus mejores noches con la camiseta del club de Concha Espina. El choque era una función con un único protagonista.

Incluso los ataques del Deportivo favorecían el escenario dado. El cuadro de Pepe Mel gestionaba sus fases con balón entregado al desenfreno, sin nadie que aportase pausa y restase pulsaciones a un verdugo desatado. Mala idea frente al Madrid más adecuado para el ida y vuelta, con Kovacic, un futbolista cuya acción más repetida es la conducción vertical, en el pivote, y los hombres con mayor aval contragolpeador del plantel, Gareth Bale a un lado, por delante. La implicación defensiva de los integrantes del once de Zidane resaltó por lo característico del contexto. Nunca hubo exigencias de orden posicional para el cuadro madridista sino de concentración para la acción puntual que diese cuenta del desliz técnico coruñés. Y quizá por ello pudo pisar más área el Dépor, que jugó con la certeza de que encadenar una serie de intervenciones bien enfocadas le pagaba su billete a los dominios de Casilla.

Los cinco primeros minutos del segundo tiempo, con el cambio de sistema de Mel, arrivó una breve fase de dominio local en base a una distribución de sus piezas que, como poco, ganaba en coherencia. El Deportivo de La Coruña pasó a jugar con tres centrales, de modo que los carrileros gobernaban por su cuenta la zona externa y Carles Gil y Emre Çolak empleaban su sudor en auxiliar a Guilherme y Bergantiños. Pero los cuarenta restantes corrieron a favor del conjunto visitante, que juntó a su colección de mediapuntas en torno al jugador franquicia de este Madrid de secundarios, Isco Alarcón —absolutamente indescifrable para los defensores blanquiazules—, y comenzó a tejer con melindroso mimo combinaciones tan efectivas para sus intereses como para el disfrute del espectador. El 2-6 refleja puntillosamente lo acontecido.

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