La Duodécima, o el Real Madrid contra el resto

El Real Madrid de Zinedine Zidane, o el Real Madrid de Sergio Ramos, Luka Modric y Cristiano Ronaldo, según donde se prefiera colgar la medalla, conquistó ayer su duodécima Copa de Europa. Y lo hizo pese a atravesar ciertos momentos de duda, de zozobra alimentada por el fabuloso equipo que es la Juventus de Turín y que ayer quedó empequeñecido por el brazo ejecutor de un equipo de época. Uno de esos a los que se les exige que año tras año renueven sus credenciales para acceder al primer escalafón del Olimpo, precisamente porque su historial no deja lugar para otra opción: si el club de la Duodécima es tal se debe a que desprecia la celebración del título presente en favor de centrar energías en pensar en la siguiente copa.

Decíamos que el partido tuvo fases, concretamente una, con color bianconero. El primer tiempo jugado en el Millenium Stadium de Cardiff sonrió notablemente a la Juventus, espoleada por el trabajo táctico de ese entrenador transparente que es Massimiliano Allegri. Únicamente tembló tras el 1-0, con seis minutos en los que el Madrid pudo cerrar el choque ante una Juventus que sangraba a borbotones. El Madrid no remató a los de Turín, y como es norma en una final de Champions, le tocó sufrir.

El técnico de Livorno estudió a conciencia los puntos flacos del Madrid del 4-3-1-2, el que tiene a Isco en el vértice superior del rombo y el que consecuentemente es menos racional a la hora de ocupar los espacios, tanto en ataque como en defensa. Ocurre que en la parcela contraria el majestuoso nivel de Alarcón lo compensa casi todo, pero en terreno propio la protección de los costados, con Casemiro, Kroos y Modric debiendo ocupar todo el ancho, palidece.

Por allí emergieron Alex Sandro y Daniel Alves, prestos para recibir y guardar la pelota tras cada recuperación juventina. Para acometer tal empresa, Allegri priorizó ensuciar los pasillos interiores con sus cuatro hombres del centro del campo para abrillantarle al Madrid el camino hacia los costados. Carvajal y Marcelo tenían en hebreo progresar por cualquier medio que no fuese el regate o el balón largo, pues ni Ronaldo estaba abierto en la izquierda ni había una pieza haciendo lo propio en la banda de Dani.

Emergía entonces quien fue la indiscutible figura del primer acto: Miralem Pjanic. El bosnio se destapó como lo que hasta ahora solo había sido a fogonazos para dejar un primer tiempo que lo eleva hasta el escalón de la élite en el “centrocampismo” actual. Lo mezcló todo, y siempre con acierto: distribuía a los costados con tino tras recuperación, gobernaba la frontal durante las fases de posesión propias, y guardaba la ropa cuando Sandro y Khedira volaban hacia la meta de Keylor Navas. Su partido, de no ser por lo que aconteció en el segundo periodo, valía un título de campeón de Europa.

Los segundos 45 minutos constituyen uno de los capítulos del libro que narra las proezas de la dinastía más selecta de la Champions. Aquí lo obvio sería atribuir el mérito a la portentosa actuación de hombres como Kroos, Ronaldo, Casemiro, Modric o Varane, fundamentales para dar la vuelta al partido y llenar la vitrina del Bernabéu con otra orejona, pero antes se antoja imprescindible detenerse en el hombre que ha ajustado todas las piezas del reloj para que marque la hora con precisión milimétrica. Más allá de lo meramente psicológico, motivacional o espiritual, su intervención en el descanso denota un poso como entrenador que lo sitúa, como mínimo y siendo cautelosos, un peldaño por debajo de los mejores. Para que la Juve dejase de encontrar fácil al dúo brasileño, fijó a Modric e Isco no sobre ellos, sino sobre la línea de pase que terminaba en sus botas, con Casemiro como corrector y con el permanente auxilio de Ramos y, sobre todo, Varane. Ambos se comieron a Dybala e Higuaín y le regalaron 20 metros vitales a su equipo. Con el bacalao partiéndose sobre la mitad bianconera, lució Kroos: Zidane le permitió volar a su gusto, especialmente sobre Pjanic, para dificultar, con la sapiencia que da ser la referencia en esas lides, la posesión de la Juventus.

A partir de entonces, el Madrid se hartó de robar balones arriba y de llegar una y otra vez hasta Buffon. El conjunto de Allegri estaba siendo vapuleado como no ocurrió este curso. El vendaval murió con dos goles, como pudieron ser más, que dejaban grogui a los piamonteses. Marcelo encontró la compañía de Isco en la izquierda para pisar línea de fondo, Modric tuvo tiempo para compensar el vacío en la derecha, Benzema bailaba entre la BBC italiana, Casemiro lo barría todo… Y Ronaldo ajusticiaba.

El esplendoroso final de temporada del luso se explica a partir de la nueva dimensión que ha adquirido con su plena madurez. Consciente de que su fútbol ya no está para jugar como antaño –Zidane–, ha modificado sus patrones conductuales para exprimir la sabiduría de quien observó desde arriba a los mortales. Se vio ayer frente a la zaga que dejó a cero a la MSN. El luso supo filtrarse entre Barzagli, Bonucci y Chiellini para encoger su talla, crear situaciones de remate que hasta ayer parecían inalcanzables frente a quienes visten de blanco y negro, y volver a aupar a los suyos, como antes, pero diferente, al cielo.

No lo hubiera podido hacer sin Ramos y Modric. Tampoco sin Zidane. Y tan inviable hubiera sido de no ser porque, mirando desde atrás ese número “7”, habita una estirpe de futbolistas cuya mecha aún está lejos de expirar. Carvajal, Varane, Casemiro o Isco no superan los 25 años y ya tienen tres Champions. Solo así se entiende su nivel: el de quien ha sido amamantado en brazos de la gloria. No conocen otra cosa. Su fútbol es como es porque solo de ese modo pueden concebir este deporte. Así, mientras hoy festejen en la Cibeles, una parte de sus pensamientos estará mirando 365 días más allá. Asensio, que aún sigue en periodo de lactancia, los mirará y comprenderá por qué ese club gana más que ningún otro.

One thought on “La Duodécima, o el Real Madrid contra el resto

  1. Maravilloso texto. Segunda parte portentosa del Real Madrid, con Kroos dirigiendo desde el pivote y Modric orquestando en 3 cuartos con el resto de jugadores jugando a lo que decía el croata.

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