El Madrid se desmontó en Mestalla

Tenía visos de ser un choque trascendental y no decepcionó. Simone Zaza primero y Orellana un puñado de minutos después impusieron un 2-0 en el marcador que, cuando aún no se había cumplido el 10 de partido, no podía sino condicionar la tarde. Reside ahí la magnitud del elogio al Real Madrid, que con el viento partiéndole la cara, supo domar sus emociones y hacerse con el control del envite. No bastó para arañar puntos de Mestalla, pues allí compareció un Valencia de primorosa vigorosidad y notable repliegue que aguantó en pie un buen partido de un equipo que venía pareciendo poco menos que inabordable.

A tres goles de la victoria y con más de ochenta minutos por disputarse, el Madrid tuvo en Modric y Kroos un manual de instrucciones para afrontar semejante empresa. Con alemán y croata manejando la pelota y al Valencia a su antojo, los visitantes encontraron vías para arrimarse al área ché e inquietar a Diego Alves. Ayudó el tino de Benzema y Ronaldo –soberbio cabezazo–, en lo que para regocijo de su técnico comienza a ser habitual. Si no logró hallar mayor premio el conjunto de Concha Espina fue, en gran medida, por el rendimiento defensivo que el conjunto dirigido por Voro exhibió en el repliegue.

Los locales dispusieron en campo propio dos líneas generosas en el esfuerzo y coordinadas en la ayuda, coronadas por un bicho de nombre Zaza que fue un incordio constante para los zagueros blancos. Fue aquí donde se cimentó una de las vitales superioridades que finalmente aprovechó el cuadro de Mestalla: el italiano avasalló a un Varane timorato, que sufre ante este tipo de delanteros tan físicos y aficionados a la fricción. Para ello requirió de Parejo, quien habilitó el grueso de las situaciones de peligro de los suyos con un manejo de la situación y los tiempos que le aportan aroma a centrocampista grande. En lo defensivo, las dos líneas sobre las que se cimentaba el bloque bajo valenciano tuvieron capitanes de acento argentino y magnífico rendimiento: Enzo Pérez y Ezequiel Garay.

Transcurría el segundo tiempo con el guion descrito hasta el momento, si acaso con el cuadro visitante raspando metros a los anfitriones. Con el Madrid perdiendo y el cronómetro urgiendo, Zidane se vio obligado a mirar al banquillo. Con Bale y Lucas sobre el césped, el Real se entregó al juego de centros y remates del que tantos réditos ha obtenido recientemente, pero que va de la mano de un condicionante que desmonta sus fortalezas más cristalinas. Con sus hombres de refresco abiertos y a pierna natural, y con Ronaldo sujeto al área y Modric en el banco, el líder se vio desmontado, desprovisto del fútbol con el que había opacado el resultado para centrarse en superar a su adversario. Lo estaba haciendo con claridad, pero tuvo que conformarse con abrazar las situaciones implícitas que conlleva que el Real Madrid necesite marcar un gol en los minutos finales. Sin mayor auxilio táctico, sin el premio que no siempre llega.

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