Ser el Nápoles frente a Sergio Ramos

El Real Madrid repitió el resultado cosechado en la ida de estos octavos de final de la Champions League en el partido de vuelta, el que le enfrentaba al Nápoles en tierras italianas. La diferencia respecto a uno y otro envite radicó en que esta vez fueron los partenopeos los que llevaron las riendas del encuentro, hasta el punto de someter durante la práctica totalidad del primer tiempo al sobrepasado Madrid de Zinadine Zidane. A partir de un juego de posición de muchos quilates, impulsados por esa maravilla outsider que es Marek Hamsik y lanzados por un estadio enardecido como si el mismísimo Maradona volviese a vestir “la diez” sobre el verde, el cuadro dirigido por Mauricio Sarri dejó constancia de su entidad. Cayeron eliminados, entre otras cosas porque a la relación del Madrid con la Champions hay que sumar la grandeza de Sergio Ramos, pero este Nápoles no debería caer en el olvido.

La pelota y el ritmo eran plenamente napolitanos. Jugaban los de Sarri con Diawara dirigiendo desde el círculo central, filtrando balones con una facilidad tremenda –mucho ojo a este futbolista– para que Hamsik, Insigne y Mertens recibiesen a la derecha de la zona defendida por Casemiro, con el interior de ese sector (Modric) superado y Pepe sujeto ante la duda de si salir o mantener firme la línea. Ocurría que el origen de todo, el pivote guineano, carecía de una marca específica, por lo que era Kroos quien saltaba a oficiarla, liberando a Allan y haciendo imposible la estabilidad en la medular blanca, pendiente de demasiadas batallas y desprovista de ayudas. La secuencia fue el patrón más estable de un todo, el que constituyó el preciosista juego de posición que dispuso el cuadro del sur de Italia, barnizado por asociaciones a un toque, superioridades constantes en base a unos mecanismos de movilidad fantásticos y una velocidad en la circulación al alcance de muy pocos equipos en Europa.

Rara vez lograba el Madrid salir de su campo, y no porque renunciase a construir desde el inicio. El Nápoles ejercitaba una presión inteligente, generosa y muy exigente para los visitantes, obligados a ejecutar una secuencia de acciones casi perfectas para poder sortear el voluminoso obstáculo partenopeo. Tampoco es que lo facilitase el desempeño de los blancos, con la BBC demasiado fija en sus posiciones de partida y Casemiro, todavía tierno para contextos concretos como el de San Paolo. Solo mediante la vía de escape que proporcionó Bale a la espalda de Ghoulam picó el Madrid algo que no fuese piedra. Pero se mantuvo firme el Nápoles, impasible ante la amenaza del galés e incluso un poste de Ronaldo. Cimentaron aquí los locales la validez de la que venía siendo su virtud, al no ceder un centímetro ante la muestra de poderío del vigente campeón. Prolongaron hasta el descanso el acoso, y bien pudieron irse al vestuario con el pase a cuartos en la mano.

Cuando comenzaba a constatarse que el reparto de papeles no había variado tras el intermedio, volvió a manifestarse una de esas relaciones que la Champions mantiene con según quien la acompañe. En San Paolo estaba uno de sus predilectos, y allá que acudió para avivar la llama. Cuando las alarmas ya sonaban en la nave blanca apareció Sergio Ramos para, en dos zarpazos, aumentar de uno a cuatro el número de goles que el Nápoles requería para acceder a los cuartos de final. Tremenda losa para un grupo que, por vez primera en la noche, dejó de creer en su mano la remontada, desnutriendo así todos los esquemas que le habían llevado a rozar la clasificación. No dejó pasar el tren el Madrid, que encontró en el 1-2 la oportunidad para manejar el encuentro que no se le había presentado hasta entonces. Zidane enfocó los cambios a ello y superó a un conjunto de relumbrón que merece mayor reconocimiento que el que le quedará tras haber caído en los octavos de final de la Copa de Europa.

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