Oficioso zidanismo

La llegada de Zinedine Zidane trajo consigo una oleada de dudas en torno a su figura cuyas respuestas aún se intentan descifrar. Desde su primer día, Zizou siempre adoptó una postura coherente ante cualquier cuestión que se le planteara. Es, sin embargo, un comportamiento inédito en el Real Madrid. Zidane contaba con algo que los otros no: él ya se había ganado al madridismo con antelación. Pese a que su nombramiento no fue bien visto de manera unánime entre la afición (¡sorpresa!), el francés afrontó cada tarea con la tranquilidad del que tiene inmunidad eterna. Y así se saltó el paso inicial que muchos jamás acaban de superar; no buscaba convencer con un discurso prefabricado, ni prometía resultados sin conocer su fórmula. Solo quiso ganar a cualquier precio.

Zidane es un tipo bastante sencillo. Le delatan las expresiones que emplea, su discurso muchas veces carente de contenido y hasta su filosofía. Para él, este mundo, el del fútbol, no es para tanto. Quizás porque sus dotes de virtuoso que una vez maravillaron al mundo resultaban en realidad algo cotidiano para él, quizás porque se ha ganado la vida actuando así, con naturalidad en su fútbol y con corrección en su comportamiento. Era evidente, pues, que con escasos años de experiencia en el cargo y al frente de la embarcación más indomable del mundo no buscara la excelencia de buenas a primeras. El problema fue ese: a la gente le han hecho creer que el que domina el balón también puede domesticar la pizarra, pero nada más lejos de la realidad. Ser futbolista es un bonus para el entrenador simplemente porque conoce el juego en todas sus facetas. Luego tiene que saber cómo afrontar y superar cada una de las situaciones, pero no todos tienen el carácter y la frialdad requerida para ejecutar según qué decisiones, máxime si se trata del Real Madrid.

En los últimos tiempos, nosotros, los aficionados, hemos desarrollado una necesidad casi obsesiva por entender cada acción que acontece en el terreno de juego. Nuestra obcecación por interpretar y justificar lo que ocurre en todo momento nos ha vuelto unos paranoicos. Prueba de ello es el exhaustivo estudio que ha sufrido el fútbol del Real Madrid bajo la batuta de Zinedine Zidane, que curiosamente recibió muchas críticas y que, contra todo pronóstico para muchos pseudoanalistas, acabó triunfando. El día en el que los blancos se hicieron con la Undécima no pude evitar acordarme de aquellos que en semifinales denunciaban un desequilibrio de nivel en semifinales. En un lado, Atlético de Madrid y Bayern Múnich, comandados por los adalides de la táctica Guardiola y Simeone; por el otro, Manchester City y Real Madrid, que prácticamente se habían plantado ahí de chiripa. El desenlace fue el que todos sabemos: el Real no solo fue campeón, sino que venció convenciendo –especialmente en la primera mitad– al mejor entramado defensivo y táctico del mundo. ¿Cómo podía ser?

El caso es que el Madrid tiene en el cargo a la antítesis del frikismo futbolero. Zidane, que siempre ha defendido que el fútbol es mucho más sencillo de lo que se dice, firmó un final de temporada impecable. Venció en cada partido, ante cualquier sistema, contra cualquier estratega. Y lo hizo añadiendo un complemento futbolístico que tanto se ha echado de menos en el Real Madrid en los últimos años: el oficio. Es cierto, el equipo blanco no es ni una maravilla con el balón, ni un especialista trabajando sin él, pero gana. La respuesta es esencialmente zidanista: el Madrid se dedica a interpretar al rival, el partido y a resolverlo. No falla. El mejor ejemplo es el más reciente: el Celta de Vigo se planta en el Santiago Bernabéu con un planteamiento magnífico, con el objetivo de anular a Kroos y Modric y por ende dominar el balón, y el doble pivote madridista es tan inteligente que atisba una descompensación en el trabajo individual de cada marca rival para convertir un punto fuerte celtista en una debilidad. Vamos, que lo desactiva. Se encuentra a Kroos atosigado y propone en largo con Sergio Ramos y en corto y por dentro con Luka Modric. El equipo marcha a ratos, se estanca, y en la segunda mitad se acaba agitando tanto que el propio Kroos, al que los de Berizzo habían anulado, acaba dándole la victoria a los blancos.

¿Cuál es la explicación, pues? Difícil que pueda darla alguien como yo. Lo que está claro es que la propuesta madridista, que visualmente no tiende a embellecer el juego ni parece una maquinaria táctica infalible, es ciertamente ganadora. Quizás el club blanco, en su eterna búsqueda de la excelencia, haya encontrado en Zidane una vía alternativa mucho más exitosa, en la que predominan términos como oficio, improvisación o sencillez. Y éxito inmediato, por supuesto. Al fin y al cabo, es lo único que alimenta a un gigante como el Madrid.

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