Real Madrid-Manchester United: Donde lo habíamos dejado

Podría relatarse de tropecientas maneras, pero al final todas llevarían a que ganaron, ganan y, en la inmensa mayoría de las ocasiones, ganarán, por algo tan llano y a la vez tan incontestable como que son mejores que su rival. Es el resumen más simple que cabe hacer de lo acontecido en Skopje: la constatación, victoria mediante, de que no hay equipo que aglutine mayor número de quilates en su engranaje, sublimado por el hecho de enfrentarse a un conjunto notable en el camino de alcanzar el sobresaliente. Y todo ello, sin su jugador franquicia.

Sirvieron los primeros compases para que José Mourinho presentase sus credenciales, al tiempo que carburaba la cara más reconocible y aplastante del Madrid. Los mancunianos estaban pasando por encima a su rival con una presión a todo el campo que impedía a cualquiera que vistiese camiseta negra girarse. La respuesta no se hizo esperar. Benzema encendió la música y bailó entre los cinco defensas y el trivote del United para poner de cara a sus centrocampistas. Isco hizo suya la fiesta, y trajo de la mano a un galés. Sin ser su partido más acertado en la acción definitoria –suya fue la asistencia del 2-0–, sí mostró una implicación colectiva interesante, especialmente marcada en la sensibilidad con que supo mezclar apoyos interiores y desmarques exteriores, que hizo tanto bien a los suyos como daño a los ingleses.

El nervio del técnico de Setúbal vibró ante el vendaval blanco. El partido sólo se jugaba en campo del campeón de la Europa League. Lingard abandonó el carril izquierdo y posibilitó el 4-4-2. Se hizo pastoso el United en su mitad, pero no logró traducirlo en mayor presencia alrededor del arco de Navas. En gran parte, porque el Madrid cuenta con Casemiro. Quien acuñe aquello de “el Madrid de los centrocampistas” deberá hacerlo con plena consciencia de que la locución abraza con tanta firmeza a Kroos, Modric o Isco como a quien a menudo sujeta cada uno de sus resbalones. Lo complicado ahora es adecuar el escalón en el que se sitúa a quien ya era primer espada sin la pelota y comienza a dar visos de ser algo muy serio con ella.

Tres factores pesaron por encima del resto para posibilitar que el Manchester United pelease el trofeo hasta el último momento: el ingreso de Fellaini, la salida de Isco y el concurso de Keylor. El belga fue el faro que siempre iluminaba el camino a los suyos: bastaba un pelotazo a su corpachón para que este se acostase sobre el sector de Carvajal y elevase treinta metros la posición en el campo de su equipo. Sin el de Arroyo de la Miel, Zidane pasó a dibujar la ya habitual y ortodoxa línea de cinco en la media. El Real tenía una estructura mucho más reconocible para protegerse, pero veía cercada su libertad –y su eje superior– para enarbolar un sistema que se construye a través de determinada tipología de futbolistas. Los erráticos rechaces que Navas puso en los pies de Lukaku abrieron, literalmente, la portería al United.

Pero resistió y venció el Madrid ante un formidable equipo que no encontrará en la Premier rivales de la entidad del que ayer enfrentaron. En cuanto los minutos estabilicen ese Ander-Matic-Pogba y su técnico dé con el goleador que su proyecto requiere, los red devils pueden volar. En el Madrid, la situación puede describirse mirando a quienes no estaban. También con los highlights. Lo dijo Alberto Egea en Twitter: “el lateral asiste desde la zona del mediapunta y el pivote defensivo ataca la espalda de los centrales. El talento del Madrid es aplastante”.

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