Ronaldo tiene las llaves

No es fácil calibrar la envergadura de un astro cuando aún no ha concluido su viaje. Lo sabe quien lo fue. Zinedine Zidane brilló como el que más durante el tiempo en el que se extendió su reinado, y por ello, uno de sus objetivos prioritarios cuando cogió el timón del Real Madrid fue seguir vertiendo luz sobre el mayor cuerpo celeste de cuantos dan forma a su particular galaxia. La crítica recurrente, y no falta de argumentos, residía en el pecado futbolístico que suponía encerrar a un genio como Isco Alarcón en el banquillo, privándolo de corretear por el césped del Santiago Bernabéu junto a dos bichos de su misma especie, Luka Modric y Toni Kroos. Con ellos, el Madrid podía (debía) virar hacia un juego cristalinamente asociativo. En el discurso de quienes optaban por este camino, Casemiro era poco más que un obstáculo que separaba al Real Madrid de la gloria infinita, sumiéndolo al mismo tiempo en la más absoluta de las mundanidades. Era jugar a ser como los demás.

El paso del tiempo y de los resultados han terminado arrojando una conclusión inapelable. Zidane nunca pudo dudar qué camino hacía a su equipo más arrebatador en lo visual, y quién sabe si en lo competitivo. Pero desde el primer momento tuvo claro cual de las opciones convertía a su grupo en una bestia competitiva solo al alcance de un genio de estatura similar. Los centros al área, priorizar la seguridad frente a la fantasía en virtud de esperar a que las individualidades o el balón parado resolviesen los partidos, Casemiro, mirar de lado a un Isco que transforma al equipo y consecuentemente lo aleja de lo que su técnico quiere que sea… Todo ello estaba enfocado hacia un mismo fin que, a día de hoy, destroza todo cuanto pudiese ponerse en su contra: Cristiano Ronaldo. Exprimir su primorosa capacidad goleadora, que toma forma en un rematador de área fuera de cualquier clase, salpimentada con caídas a las bandas y apoyos en zona de tres cuartos que estimulen su endemoniada mentalidad y no le permitan dormirse a la espera de un centro de gol, fue el objetivo número uno del primer proyecto de Zidane en el paseo de la Castellana.

El Atlético de Madrid, como ya hizo el Bayern de Múnich, sufrió en sus propias carnes el resultado de la apuesta del preparador francés. Ahora bien, hubo matices. Por ejemplo, la impresionante capacidad de sus jugadores para asociarse sin miedo al error y pese a que éste se repitiese. Es algo que ya habíamos visto en las eliminatorias contra los de Nápoles y Baviera, pero no por ello deja de alarmar la suma tranquilidad con la que los futbolistas vestidos de blanco suman acciones inverosímiles para quien quiera que no forme parte de un puñado de elegidos en el planeta fútbol. Los nervios de acero de Kroos, la chistera de Modric o el coraje de Isco son herramientas que desmontan planteamientos. No digamos cuando lucen al mismo tiempo: todos los pases que intentaron darse entre ellos en el primer tiempo fueron buenos. Los de Diego Pablo Simeone mezclaron una presión alzada cuando su oponente construía desde Keylor Navas con un repliegue intensivo una vez que estos alcanzaban la línea divisoria. Y si bien ya no es la muralla que otrora caracterizaba a los rojiblancos, sí que contaba con piezas importantes en fase defensiva como Godín, Filipe Luis, Gabi o Koke. Las posiciones se mantenían ordenadas ante los primeros envites, pero una vez que los de blanco comenzaban a encadenar precisas secuencias de pases entre sí, facilitadas por el constante movimiento de todas pero sobre todo de Isco, la línea se acababa quebrando y superarla era cuestión de encontrar al receptor adecuado.

Si el Atlético no recuperaba, el destino habitual de la pelota era uno de los costados. Allí esperaban, en el peor de los casos en uno para uno con su par, Carvajal y Marcelo. La agitación a la que el Madrid sometía a su oponente era tal que la ventaja era un hecho permanente para quien cayese sobre una banda. Lo siguiente era lo tantas otras veces visto desde que Zidane se sienta en el banquillo del Madrid: un centro al área en busca de Ronaldo. Simeone sabía del nivel y la determinación que brasileño y español vienen exhibiendo recientemente y trabajó sobre ellos. Principalmente sobre Marcelo, que encaraba a un Lucas fuera de zona. Comenzó aplicando a Koke y, mediado el primer tiempo, colocando a Carrasco para que amenazase sobre su espalda, pero ninguna de las medidas terminó teniendo el éxito deseado. La primera porque privar a Koke de la banda izquierda significa alejarlo de Filipe Luis, o lo que es lo mismo, acabar con la principal vía de asociación de los colchoneros, lo cual les privaba de una salida fácil y terminaba encerrándolos en su propia mitad. Y la segunda, porque aunque el Atlético ganase entereza con la permuta, nunca logró circular la pelota hasta dejar al belga en posición de hacer algo reseñable con Marcelo. Anteponiendo que el Real fue una roca con muy pocos resquicios –un mano a mano que Navas birla a Gameiro y un libre directo de Griezmann sobre Godín–, y de la que Zidane tuvo culpa al corregir la posición excesivamente alzada de sus interiores que venía exponiendo en demasía a su pivote, es justo rescatar la labor defensiva de un Modric gigantesco.

Y si el choque del pequeño balcánico fue titánico, el de Varane y Ramos no le anduvo a la zaga. Tanto con la pelota, representando siempre un salvoconducto de puntual fiabilidad para sus nueve compañeros, como cuando tocaba arrimar el hombro atrás, los centrales del Real Madrid fueron la base sobre la que se cimentó el dominio local. Acostumbrado como tiene Ramos al graderío a golpes sobre la mesa cuando lo estimula el himno de la Champions League, llamó más la atención el rendimiento del galo. La falta de minutos y la lesión recientes no le supusieron un problema; al contrario, Raphael se mostró fresco, sobrio y con la pizca de grandeza necesaria para encabezar a un equipo en noches de tronío como la de ayer. Poco pudo hacer el majestuoso Griezmann, la única pieza que desordenó al conjunto de Zidane en ciertos tramos del choque, desatendido por sus acompañantes en el frente ofensivo. Por momentos dio la sensación de que el único camino que Simeone había dictado para encontrar el valioso gol como visitante pasaba por entregar la pelota al “7” rojiblanco. Tampoco fue su noche.

Apenas el inicio del segundo tiempo permitió al Atlético vivir cerca del área rival durante unos cuantos minutos. Mas no lograron traducirlos no ya en gol, sino en cualquier atisbo de peligro que hiciese dudar al Madrid de la validez de su plan. Tan solo la imprecisión a la hora de conectar pases clave para romper la presión que con el marcador en contra sí ejecutaba Simeone, principalmente de Casemiro, motivó el runrún en las gradas del Bernabéu. Pero nunca en la cabeza de los jugadores de Zidane. Este hecho, fundamental para el desarrollo del encuentro y del devenir reciente del Real, puede explicarse perfectamente a partir del pivote brasileño. Cuando menos le salían las cosas, y consciente como debe ser de sus limitaciones técnicas para compartir terreno con quien lo hace, nunca –nunca– dejó de intentar jugar la pelota. Está en el debe de Zidane. Como también que, con los del Manzanares decididos a buscar el empate, decidiese fijar en cada banda a dos chicos que hoy sirven para cambiar una semifinal de Champions como Lucas Vázquez y, especialmente, Asensio. El de Marsella los puso como chinchetas en los costados para reconfigurar una línea central de cinco en campo propio y que desde allí percutiesen en cada ocasión que se les presentase para correr. Su contribución ayudó a dar forma al hat-trick de Ronaldo y, con la sublimación del proyecto de Zidane y la caída del de Cholo Simeone, a uno de los mejores partidos que al Real Madrid moderno se le recuerdan en Europa.

 

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