Todo nervio y corazón

lucas

Minuto 89. Camp Nou, Barcelona. El Real Madrid pierde 1-0 y los de Luis Enrique están a  menos de cuatro minutos de meterse de lleno en la lucha por la Liga. Una nueva oportunidad desaprovechada de meter el dedo en la llaga y ahondar en la crisis culé. Y una racha de 32 partidos consecutivos sin conocer la derrota que iba a tocar a su fín. O eso parecía.

Una innecesaria falta de Arda Turan sobre Marcelo nos hizo refugiarnos en un pequeño oasis de esperanza. La esperanza del balón parado y la de la conexión Modric-Ramos, quienes posteriormente se llevarían todos los halagos y portadas. Dentro del área de Ter Stegen había un jugador que sabía que no remataría esa falta. Por estatura y otros factores divinos, ese momento de gloria estaba destinado a otro. Al de siempre. Y él lo sabía.

Lucas Vázquez se marcó un único objetivo: bloquear a Piqué para que Sergio se quedara solo. No importaba cómo, si por lo civil o lo criminal. Gerard intentaba advertir al árbitro, mientras que Arda se percataba del plan de Lucas y comenzaba a empujarle. Daba igual. El propósito del gallego era el de cada uno de los madridistas que veían el partido sentados en el sofá de su casa. Ninguno podíamos rematar esa falta pero aguardábamos con la fe de que el capitán lo volviera a hacer. Y entonces la puso Modric, y el final ya lo sabemos. La garra de Lucas y la explosión de rabia en la celebración del gol también era la nuestra.

El Real Madrid, históricamente y sobre todo desde la llegada de Florentino Pérez a la presidencia, ha destacado por tener a muchos de los mejores. A los jugadores más populares y fantasiosos, por los que su sola presencia en el verde te hace pagar una entrada. Pero un equipo no es sólo eso. La figura del chico que ha mamado madridismo desde pequeño se ha visto encarnada por grandes jugadores como Raúl, quien además de deslumbrar con sus goles, se tenía ganado el corazón de la grada por su entrega y carácter sobre el campo. Otros también recientes, con menos impacto futbolístico pero sí con mucho sentimental como José Callejón, han pasado por aquí dejándose hasta el último aliento. Y el que está escribiendo esto siempre se lo agradecerá. El tipo de jugador que te reconcilia con el sentimiento del club y que te hace ver que los futbolistas son de carne y hueso. Y Lucas Vázquez es eso. Un chaval que pone el alma en cada carrera, en cada quiebro, en cada marcaje cada vez que tiene la ocasión de jugar. Lo mismo te tira el primer penalti en una final de la Champions -esa rabia con la que casi se arranca la camiseta de cuajo tras marcar no la olvidaremos jamás-, que está cinco partidos sin jugar un sólo minuto y sin alzar la voz. Alguien a quien nadie le ha regalado nada y para el que, por delante y por encima de todo, está la camiseta.

El extremo reúne unas condiciones futbolísticas y humanas que no son fáciles de encontrar. No le vamos a descubrir ahora. Lo sabe Zidane, lo saben sus compañeros y lo sabemos nosotros. También lo saben en cierta parte de la ciudad Condal, donde los aficionados del Espanyol guardan un gran recuerdo de su efímero paso. En el fútbol de hoy día, prácticamente todo se compra. Se compra la calidad, se compra el desborde, se compra el gol. Lo que no se puede comprar es el sentimiento, y él lo tiene. Y lo que es más importante: el cariño de un madridismo para el que Lucas Vázquez no tiene precio.

 

 

 

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